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Rector Ignacio Sánchez en entrevista con periódico Visión UC

En esta entrevista ampliada de lo que publica Visión UC en su última edición, el rector Ignacio Sánchez analiza, entre otros temas, cómo fue el 2018 para la casa de estudios, los desafíos que ha implicado la gratuidad y cómo imagina la institución en el futuro. 

 

 

 Ignacio Sánchez es el rector de la UC a quien le tocó dialogar con los líderes de las marchas de 2011 y de la toma feminista de 2018. Es el que ha pedido perdón, como parte de la Iglesia, por lo que llamó vergüenza y dolor por los pecados propios e institucionales. Hoy dice que la UC está centrada en las víctimas, ésas que están indeleblemente marcadas, y a las que espera acoger de la mejor manera, al trabajar en la prevención. 

 

  —¿Fue el 2018 su año más movido en la rectoría?

 —El 2011 y éste. En 2011 estuvo el movimiento estudiantil, que fue muy violento. 2011 fue un año de dos tomas: en el Campus Oriente, casi dos semanas; y en San Joaquín, unas pocas horas.

 

 —¿Se avizoraba la toma feminista en mayo?

—Para mí fue muy fuerte la manera en que vino la ola internacional de feminismo y levantamiento de situaciones de abuso y maltrato inaceptables. Pero, a diferencia de 2011, constatamos que no había líderes con quienes conversar hasta que se entregó un petitorio, en rectoría, y nos pusimos una semana de plazo.

 

Pero no hubo tiempo para eso porque al día siguiente la Universidad amaneció tomada.

“Asistémico” y “nuevo” son las palabras que utiliza el rector cuando reconstruye las esas primeras horas y destaca que durante todo el proceso se sintió muy apoyado por el Consejo Superior y por el comité directivo, que se hallaba reunido apenas unos metros más allá del lugar en que se desenvolvían las negociaciones.  Aunque piensa que muchos suponían que la universidad reaccionaría con medidas radicales, percibió “esa sensación en la comunidad nacional de que la Católica se la estaba jugando al máximo por el diálogo y por no utilizar ningún método violento”.

 

 —¿Por qué cree que hay personas que piensan que si aquí hay una toma se va a reaccionar con sumarios y desalojos, y que esperan que la UC sea extremadamente conservadora en temas como identidad sexual? ¿Lo atribuye al vínculo con la Iglesia?

—No, porque los mismos que piensan eso no esperarían algo así de la Universidad Alberto Hurtado, que también es parte de la Iglesia. A nosotros se nos ve como parte de una Iglesia más autoritaria, más jerárquica, más conservadora. A las personas que piensan eso, yo las invitaría a cosas muy sencillas, como las ceremonias de graduación de muchas facultades, para que vean la diversidad los estudiantes que formamos acá y de sus familias; que vieran el tipo de diálogo que hay; el respeto a los creyentes y no creyentes, y a las distintas miradas sociopolíticas; el gran abanico político de nuestros profesores.

 

 —¿Cuáles fueron las claves en las negociaciones, que llevaron a que la toma no se extendiera?

—Echar abajo ciertos mitos de personalidades. Ellas llegaron aquí pensando que iban a ver una serie de personas autoritarias y se encontraron con personas que les preguntaban: “¿cómo están, cómo durmieron, tuvieron frío?”. Les dije que había acciones que se podían tomar dentro de tres días, y otras, dentro de tres semanas, de tres meses y de tres años. Por ejemplo, evaluar la bibliografía de mujeres en las carreras, que puede ser muy necesario, requiere un tiempo y tal vez se termine de implementar en un par de años. Entonces dije “veamos cómo le ponemos métrica a estas cosas”. Yo creo que empezaron a creernos cuando se dieron cuenta de que éramos distintos de lo que ellas tenían en sus mentes; de que estábamos hablando en serio en el momento de comprometernos. 

“Nosotros también entendimos que las ocho personas con las que estábamos dialogando eran serias, no extremas, respetuosas”. 

 

 El año inquieto 

—Una de las cosas que se ofreció como parte de la negociación fue la constitución de siete mesas, con 12 integrantes, cada una. Es decir, más de 80 personas.

—Hay algunos acuerdos de mesas, no todos necesariamente los va a hacer la Universidad. Están los acuerdos para presentar estas propuestas al Consejo Superior o a la Vicerrectoría Académica, por ejemplo.

El rector destaca las mesas sobre perfeccionamiento de los protocolos de prevención y denuncia de abusos, que a su juicio permitirán mejorar las acciones cuidado y educación en esta materia, así como el seguimiento de los casos. 

—Durante la toma, las estudiantes dijeron que manejaban cerca de 40 denuncias por abusos, la mayor parte entre estudiantes. Usted pidió que se canalizaran a través de las instancias que la UC tenía para esos efectos. ¿Aumentó el número de denuncias?

—Aumentó. En 2017 tuvimos 35 casos, un tercio de los cuales eran de connotación sexual, es decir unos diez. En 2018 terminamos con aproximadamente 85 sumarios, de los cuales dos tercios son de connotación sexual, es decir de diez subimos a unos 60 casos en toda la universidad. Pero hay instancias como la Secretaría de Género (Segex UC), en la que participan estudiantes, pero que no forma parte oficialmente de la FEUC, que recibe y procesa este tipo de casos de una forma que no conocemos; también hay instancias en las facultades, en los centros de alumnos. Y se llega a situaciones muy incómodas en que se dictan “sentencias”, se considera que tal persona es “culpable”, sin posibilidad de defenderse y luego hay hostigamientos, funas, cyberbullying, estigmatización. Y eso es negativo y de un riesgo muy alto. 

 

 —También hay casos de denuncias contra profesores.

 —Sí, la gran mayoría son de estudiantes de posgrado a profesores, pero también hay estudiantes de pregrado. En gran parte son denuncias de expresiones verbales que menoscaban la dignidad, que hacen mofa. Asimismo, hemos tenido denuncias de funcionarias en contra de profesores, y denuncias de estudiantes hombres en contra de mujeres. 

 —¿Lo más frecuente es que las denuncias sean entre estudiantes?

—Sí, y con una víctima mujer y un victimario hombre, fuera de la universidad y de un contexto universitario. Aun así, hemos tenido que aprender que si bien el hecho denunciado ocurrió fuera, lo que sí sucede aquí es que esas personas se encuentran el lunes en una sala de clases. Hemos tomado ciertas medidas para separar a esos estudiantes, evitar una revictimización, un dolor nuevo; pero, a través de la clínica jurídica, hemos sido muy enfáticos en que la investigación tiene que hacerla la fiscalía. Si algo ocurre en un departamento en la playa, nosotros podemos tomar medidas internas, pero no podemos ir a investigar lo que ocurrió ahí. Son situaciones, varias de ellas, muy graves. Esto es bien transversal a todo el sistema universitario; se ha destapado un problema cuya magnitud no conocíamos. Nosotros hacemos también un llamado al autocuidado. Al igual que en la medicina, aquí no hay factores causales, pero sí de riesgo. El uso del alcohol sin control es un factor de riesgo para cualquier tipo de abuso, y vemos que está presente en la gran mayoría de los casos. 

También, el rector destaca los avances en pro de una universidad más inclusiva, “que no tiene sólo que ver con la demanda feminista, sino con el programa Piane, con las vías de inclusión socioeconómica, y con la promoción de la mujer en la universidad”. Precisamente, sobre este último punto, recuerda que en 2013 se creó la Comisión mujer y academia; que se han estado revisando situaciones vinculadas a la inequidad en la progresión académica, en los beneficios, en los derechos, en la proporción de mujeres.

 

—Un aspecto muy concreto del resultado de las conversaciones es el trato de la UC con las personas subcontratadas.

—Llevamos años preocupándonos de este asunto. Se trata de unas 800 personas con contratación externa, que pertenecen a unas diez o doce empresas. El gran tema es asegurarse de que existan unas condiciones laborales dignas. Cuando he conocido de algunos casos, develados por los estudiantes o por los mismos trabajadores, me he avergonzado de que esas situaciones existan.

 

 —Esa alerta la han dado sobre todo los estudiantes, más que los académicos o los administrativos.

—Sí. Los últimos 4 o 5 años, los estudiantes han estado preocupados del tema, tienen mucha cercanía con las personas. Eso nos ha servido mucho. Hace un año cambiamos la dependencia de todas las empresas subcontratadas desde la Dirección de Infraestructura a la Dirección de Personal, donde creamos una unidad para esto, y eso fue una señal bien importante, porque ahí el ADN es el bienestar, no tanto la obtención del proceso y las tareas. 

La satisfacción que muestra el rector cuando enumera las materias en que se ha avanzado con posterioridad a la toma, se vuelve prudencia, por ejemplo, cuando se refiere al “lenguaje inclusivo”, que en algunas de sus manifestaciones cree que produce temor en la comunidad. Partidario de que se busquen fórmulas más genéricas, está sin embargo convencido de que deben respetarse las normas del español (“Por ejemplo, decir las personas en vez de los hombres, pero no todes”) y, sobre todo, de que las cuestiones del género no se agotan en las palabras:

—Si yo digo que hay avanzar en la equidad de género, no estoy apoyando o una teoría de género, que tiene raíces antropológicas que son mucho más profundas y que claramente tienen puntos muy discordantes con nuestras creencias como católicos. Entonces, no hay que vetar el uso de las palabras, sino que hay que utilizarlas bien, con el sentido que uno quiere darles. Hay algunas cosas que son evidentes para respetar la dignidad de las personas. Por ejemplo, aceptar el nombre social, tener una mirada de acogida a los estudiantes transgénero, que es algo que habíamos acordado hace más de un año. 

El rector reconoce, eso sí, que hay otros acuerdos que no se lograron, como los de la mesa 7, sobre el aborto en tres causales: “No se trataba de cambiar nuestra postura sobre eso, sino que considerábamos muy importante volver a discutir cuáles eran las bases, las razones de fondo, reflexión en la que estos estudiantes, de segundo o tercer año de carrera, no habían participado”.

 

 —Pero no se constituyó esa mesa.

—No se constituyó, porque las representantes del movimiento vetaron a ciertas personas y se perdió el tiempo en eso. 

 

 —Hay inquietud entre algunos académicos respecto del carácter vinculante de los resultados de las mesas que se dieron a conocer a comienzos de diciembre.

—Las propuestas de las mesas son aquellas que tuvieron el quórum de diez o más votos y ésas son la oficiales que se presentarán a los organismos correspondientes, como la Vicerrectoría académica o el Honorable Consejo Superior, donde se evaluarán con plena autonomía. Por ejemplo, nosotros queremos hacer un esfuerzo por sensibilizar a las distintas unidades académicas para una mayor inclusión de bibliografía femenina, pero eso no se opone a la libertad de cátedra, de la autonomía. 

 

 Las razones del perdón 

—Usted pidió perdón por los pecados de la Iglesia en una carta que causó polémica. ¿Falló la Iglesia en pedir ayuda? ¿Falló la Universidad en ofrecerla y estar más atenta?

—La Universidad, que es parte de la Iglesia, y nosotros, como miembros de ella, debemos hacer una autocrítica. ¿Cuánto más podríamos haber hecho? Yo, como católico, como rector, como profesor, podría haber asesorado, haberme ofrecido, tratado de conocer más. El perdón lo pedí a título personal, pero también como rector. Lo creo muy profundamente, porque a lo mejor debería haber sido más insistente con los obispos que estaban recibiendo denuncias. Nunca negué un apoyo que se me solicitara, pero tal vez no fui lo suficientemente explícito en representar mi voluntad y la de la institución. 

 “Lo que hemos hecho ha sido en parte porque se nos ha pedido y en parte porque lo hemos propuesto. Pero sin lugar a dudas desde la Iglesia se ha pedido poco.  No se ha confiado, no se han solicitado los apoyos requeridos. Y sin juzgar intenciones, creo que se han confundido los planos del delito y el pecado”.

 

 —¿Le cabe a la Universidad Católica algún tipo de solidaridad o corresponsabilidad económica con la Iglesia en los juicios contra sacerdotes?

—En los últimos 50 años la universidad no ha recibido recursos de la Iglesia chilena ni de Roma ni los ha entregado a la Iglesia chilena ni a Roma. Es más: dentro de nuestros estatutos aparece bien claro que tenemos completa autonomía financiera, administrativa, académica de la Iglesia y del Gran Canciller, que es nuestra autoridad máxima. 

“Desde el punto de vista legal, y yo me he asesorado con el decano y un grupo de profesores de Derecho, no tenemos ninguna interrelación económica. Por ejemplo, cuando decidimos vender una parte del Canal 13, no necesitamos ninguna autorización de Roma y tuvimos que tomar un acuerdo con el Gran canciller de ese momento, pero de la misma forma en que consultamos al Consejo Superior”.

 —Pero usted va a Roma una vez al año.

—Sí, y me entrevisto con autoridades de la Iglesia. Más que de consulta, las reuniones son de carácter informativo: me gusta contarles cómo va el desarrollo de nuestro proyecto educativo, cuál es la situación en Latinoamérica y en el mundo, cómo está nuestra Pastoral, cuál es la presencia de la UC en el país. 

Entre las universidades católicas, la nuestra debe estar entre las dos o tres de mayor calidad del mundo. La situación chilena es bien única, en el sentido de que hay dos grandes universidades que tienen un peso específico muy importante, la UC y la Chile, con un poder de atracción enorme. Y esa atracción no la conozco en otra universidad católica en el mundo. En la Santa Sede y en la Iglesia, esta situación produce una sana curiosidad.

—También había esa curiosidad vaticana cuando la Universidad tenía un canal de televisión abierta, en su momento líder de sintonía. ¿Ha mermado la capacidad de influencia de la UC sin el canal de televisión?

—Yo siento que no. Nuestra presencia en el canal y en el resto de los medios no ha mermado, y eso es por la calidad del trabajo que hacemos: cuando hablamos de transporte, de energía, teatro o comunicaciones.

 

La mirada en el horizonte

La conversación con el rector no se limita a las contingencias del año que termina, sino que discurre por el horizonte que imagina para la universidad. “Sueño con una universidad cada vez más reconocida en su compromiso público con el desarrollo del país”, dice y agrega que el futuro necesariamente debe construirse sobre tres bases: la comprensión de su misión como universidad católica en la sociedad; la calidad de los procesos de apertura al cambio y la equidad y la inclusión.

 

 —¿Y cómo se avanza en inclusión?

—La inclusión llama a más inclusión. Cuando en curso de cien alumnos hay un grupo de cinco con determinadas características personales, educacionales, socioculturales, es más difícil convocar al sexto o séptimo que si ese grupo lo conforman 25. Eso nos va a llevar a la calidad sin borde social, sin horizonte de procedencia educacional o socioeconómico. Gracias al trabajo de profesores extranjeros que han ganado concursos internacionales muy competitivos para trabajar en la UC, nuestros estudiantes estarán expuestos a académicos inclusivos y globales. Y eso cambia su estructura de pensamiento. Van a tener otra mirada, con menos clasismo, con menos segregación, con mayor apertura.

 

 —Lo que describe también requiere de innovación

—En los últimos años, lamentablemente, hemos utilizado mucho tiempo en preocuparnos de estructuras, procedimientos, reglamentaciones, porque era necesario poner en orden, pero dejamos de pensar la innovación, en empoderar a los estudiantes y los profesores jóvenes como agentes de cambio. En la discusión pública, Chile ha centrado el tema universitario en la educación de carreras, pero no se ha interpelado a las universidades para que propongan un futuro. 

 

 —Pero usted siente esa obligación.

—Yo sí, pero no está en la discusión pública. Tenemos que ocupar un tiempo de reflexión si queremos que nuestros egresados sean actores relevantes que lideren procesos. Para innovar, hay que ser global e interdisciplinario. Se requiere una mente abierta y un contacto frecuente con el sistema universitario mundial, interactuar con otras disciplinas para tener miradas distintas e integradas.

 

 —Hoy hay unos cinco mil estudiantes con gratuidad en la UC. ¿Cuáles son las proyecciones?

 —Son cerca de 5.200, lo que equivale a un 22% de nuestra población. Ese número va ir creciendo. Podríamos llegar a los 6.000 estudiantes. Si agregamos los que tienen beca completa, hoy nosotros tenemos más de 6.500 personas que están estudiando gratuitamente en la UC, lo que representa entre un 26% y 28% del total. Asimismo, tenemos más del 50% de estudiantes con algún tipo de beneficio. Estamos lejos de tener una población estudiantil de muy buenos recursos, como se puede pensar. Un 41% de nuestros estudiantes, es decir unos 11 mil de los 26.500, viene de un colegio subvencionado o público.

 

 —Ésa es una cifra bien distinta de la que la UC ha tenido históricamente. Solía ser no más de un tercio.

—Sí, estábamos en un 33% 34%, pero con una población mucho menor. En la práctica, hemos doblado el número de ese grupo de estudiantes.

 

 —Después de la demanda que la UC presentó en enero de 2017, el Estado se vio obligado a restituir los fondos del Aporte Fiscal Indirecto (AFI) por una vez, y la universidad está esperando los 400 millones de pesos que le correspondían. No sólo la Católica se benefició de esa acción judicial, también las estatales.

—Aquí uno trabaja para todo el sistema. Los mismos fondos que recibimos nosotros a fines de diciembre los obtuvo la Universidad de Chile; dos tercios de esos fondos, la Universidad de Concepción; y un décimo, las universidades regionales. Se demoró, pero estaba en las leyes de presupuesto. El acuerdo fue el siguiente: por una vez se repartiría un monto para todo el sistema. Nuestro déficit se cubría en un tercio con los aportes del AFI. Pero junto con el anuncio de acabar con el AFI, el gobierno había anunciado que habría otras fuentes de financiamiento. Luego esa promesa se olvidó, pero la UC logró que hubiera ciertos fondos concursables, en dos grandes áreas: internacionalización e innovación. Esos concursos están disponibles para las universidades que tienen siete años de acreditación, así que esta iniciativa también benefició a las universidades de Chile y de Concepción.

Dice que no está “pegado en la importancia del ranking”, pero tiene la convicción de que la UC tiene todas las capacidades para situarse entre las cien mejores universidades del mundo. “Nuestros profesores y estudiantes, en los respectivos rankings, están entre los 50 o 60 mejores”, agrega. “Lo que nos falta es más capacidad de investigación, mayores recursos para hacer eso y una mayor internacionalización”. 

El mayor desafío en esa línea es, a su juicio, aumentar la planta académica y, con ello, la capacidad de investigar: “Nosotros hemos subido mucho nuestra productividad académica, pero también ha sido a costa del tiempo y del estrés de los profesores. Hoy somos 3.600, de los cuales 1.800 tienen jornada completa.  Pero la UC tendría otra fuerza si tuviéramos 200 profesores más de jornada completa”. 

 

 —La planta especial es todavía una novedad entre los académicos, que en algunas facultades han demostrado un gran interés. A casi dos años del anuncio, ¿está satisfecho respeto de lo presupuestado?

—Estoy satisfecho, porque en la planta adjunta había una gran variedad de personas, que tenían un compromiso muy distinto con la universidad y sin embargo ésta las reconocía de manera muy igualitaria. Un profesor que venía dos o cuatro horas a la semana, hacía un curso semestre por medio, versus uno que tenía 44 horas y estaba en la planta adjunta porque no hacía investigación y docencia, sino alguna de las dos, y que la universidad necesitaba fuertemente; porque sus aportes, por pequeño que sea el curso, pueden ser muy formadores, muy cruciales en determinadas carreras. Entonces, al profesor clínico, al de taller, al investigador se le van poniendo nombre y apellido. Que algunos de ellos, dependiendo de sus características, puedan votar, también es un reconocimiento muy importante. Los derechos cívicos en los académicos son relevantes, porque demuestran que estás participando e influyendo en tu comunidad. Ya tenemos aprobado el reglamento. El desafío para los dos siguientes años es de implementación, porque en algunas facultades serán diez quienes se pasen a la planta especial, pero en otras pueden ser 200.

En el caso de la planta ordinaria, dice el rector, su tamaño está íntimamente ligado a los fondos estatales, a la relación con el sector productivo y al endowment, que en 2019 alcanzaría los 30 millones de dólares. 

“Si lo hacemos bien con el endowment”, se explaya, “si seguimos captando recursos para hacer crecer la universidad, si sabemos vender bien las propiedades que tenemos en San Carlos de Apoquindo, en Pirque, no es una locura pensar que en 20 años podamos tener unos 500 millones de dólares. Hoy, en propiedades valorizadas, hay unos 140 millones de dólares, pero en el futuro, cuando se puedan sub lotear, eso puede crecer mucho. Entonces, si en 20 años más una universidad como esta tiene intereses financieros sobre 500 millones de dólares, puede inyectarle diez o quince mil millones de pesos anuales al presupuesto para nuevos proyectos. Tener eso en un presupuesto anual, que hoy es de 220 mil millones, es muy significativo. 

 

 —¿Y en todos esos sueños se ve usted como rector? El próximo año habrá elección.

—Yo tengo un compromiso personal de tomar la decisión de estar disponible o no, alrededor de abril del próximo año. Estar disponible significa que la comunidad tenga conocimiento de las personas dispuestas a asumir la responsabilidad de la rectoría, que tenga diferentes opciones y que pueda nombrar a personas idóneas para el cargo con toda libertad. 

 

Visión UC diciembre 2018/ enero 2019

 

INFORMACIÓN PERIODÍSTICA

Gonzalo Saavedra V.

 

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